domingo, 26 de mayo de 2013
Sueños con olor a químicos
Caminé durante largo rato entre las filas de estantes de la biblioteca. No recuerdo qué buscaba, pero no lo encontré.
Los ojos me pesaban; quería descansar, así que busqué un lugar para sentarme.
Divisé en una mesa cercana a alguien conocido, una chica con la que me agrada mucho platicar. Fui hasta a ella y tuvimos una charla amena, como siempre. No recuerdo cuándo fue que nuestra charla se desvió y pude verlo, detrás de ella, sonriéndome como en aquellos días.
Debo admitir que me convertí en una estatua. Y él pudo leer en mis ojos todas las cosas que sentí, entrecerró sus dos cielos en un gesto casi melancólico, giró su cuerpo y echó a andar a la salida de la biblioteca.
Reaccioné un poco después, cuando la muchacha que me acompañaba me cuestionaba sobre lo que me ocurría.
- Perdóname, mi clase ya debió empezar ¡Y yo sigo aquí! ¡Te veré después! -Me despedí de la chica con tanta rapidez que pensé que mi lengua se atoraba con cada palabra. Imaginé que ella había quedado sorprendida con mi agitación, pero no volteé a mirarla, así que no estoy segura.
Él atravesaba la puerta de salida cuando yo pasaba por el scanner de libros y para mi maldita suerte ¡sonó la "alarma"!, me precipité a sacar los dos libros prestados que llevaba en mi mochila, los aventé por la rampa y el encargado revisó la fecha de entrega de cada uno para entregármelos después. Se los arrebaté prácticamente y corrí, escuchando un "Señorita, no corra" emitido por alguno de los trabajadores detrás de mí. No me importó.
En la explanada frente la biblioteca moví mi rostro en todas las direcciones posibles, divisé su figura subiendo por las escaleras que llevaban a los laboratorios de Fotografía.
Volví a correr, como alma que se la lleva el diablo y lo alcancé en la entrada a los cuartos de revelado.
Le llamé por su nombre y él volteó para mirarme. Sentí que las rodillas me flaqueaban y mis ojos amenazaban con volverse cascadas, pero les supliqué que guardaran sus ansias de metamorfosis. Aún no entiendo cómo me hicieron caso.
Me llamó "Luz", en alguna lengua de los hombres del este, nombre que siempre utilizaba para referirse a mí pues jamás me llamó por mi verdadero nombre.
- Me dijeron que aquí estudiabas.
- Sí. ¿Para qué viniste?
- No puedo responderte, pues ni yo sé a qué he venido.
Los años pasan rápido y yo perdí la cuenta de cuántos habían transcurrido. Llegó un momento en el que había olvidado su rostro, sus gestos. Incluso me parecía que había sido un sueño todo lo ocurrido. Pero esa mañana le recordé, por la plática que tuve en la biblioteca y tal parecía haberle invocado.
Hubo silencio durante un buen rato, sólo nos miramos. Me extravié en sus profundas pupilas. Comencé a recordar todo, lo vi en sus ojos.
Me lancé a abrazarle, en un acto casi automático. Sus fuertes brazos me estrecharon y mi frente recibió uno de sus besos. Dije nada. Dijimos nada.
Mi espalda desnuda sentía apenas el frío de la pared de uno de los cubículos del cuarto oscuro. Mi cuerpo temblaba ante sus caricias y de mis labios escapaban incontables gemidos canturreando su nombre.
Mi interior abrazaba su esencia mientras nuestros labios se reclamaban con desesperación.
Me le entregué por enésima vez en esta vida, y por primera en muchos años, dentro de aquel cuarto en tinieblas apestando a químicos.
Me quedé dormida entre sus brazos después de habernos vestido nuevamente.
- Oye, ¿No tienes clases? Son las 12:00. - Me preguntaba preocupada la otra chica que compartía la mesa de biblioteca conmigo mientras me movía tomándome del hombro.
Me había quedado dormida sobre algunos cuadernos mientras charlaba con ella. Estiré mis brazos y bostecé. "¡Un sueño! hijo de la gran puta" me reprendí mentalmente.
Guardé mis cosas y me despedí de ella, pues aún se quedaría a terminar sus trabajos.
Me dirigí a los laboratorios, pues tenía clase en ellos. La cabeza me dolía y una de mis muñecas me ardía a morir, como si alguien me hubiese apretado durante mucho tiempo.
En el cuarto de revelado preparé los químicos con mis compañeros y acarreamos nuestros materiales, todo listo para apagar las luces y trabajar.
Ocupé el cubículo en donde me había soñado con él, más por obligación que por gusto. No había otro vacío.
Palpando en la oscuridad total para encontrar los filtros -pues mis ojos aún no se acostumbraban y no podía diferenciar nada ni con las tenues luces rojas-agarré algo que sentí familiar.
Acerqué el objeto a la luz suave de la ampliadora, pude diferenciar aquello. Esa pulsera la portaba en la mano que me punzaba ahora, esa pulsera nunca me la había quitado, ni me la habían quitado. No fuera de ese sueño que tuve en la biblioteca.
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